El pasado mes de Julio, y tras varios meses de preparación y 8 exámenes prácticos, obtuve finalmente mi carné de moto. En mi defensa alegaré que son exámenes complicados, en los que un fallo puntual suele ir asociado al suspenso automático, y ser consciente de ello hace que el cuerpo y la mente se tensen si no actuamos de manera adecuada sobre ellos.

Situaciones de examen como estas, generan una serie de respuestas a tres niveles en nuestro organismo: cognitivo (qué pensamos), fisiológico (qué sentimos a nivel físico), y conductual (conducta observable), y cada nivel influye en los otros dos. Ante una situación determinada (examen decisivo, complicado, bajo la atenta mirada de un examinador, y, todo hay que decirlo, con un determinado coste económico), nuestra mente puede jugarnos malas pasadas en forma de pensamientos negativos, que si no los controlamos, se autoalimentan hasta crecer considerablemente, generando unos niveles de estrés y ansiedad que pueden llegar a ser elevados, y que van a influir negativamente en nuestra conducta observable (lo que hacemos, lo que decimos…), la cual reforzará nuestros pensamientos negativos, justificándolos y alimentándolos, y volviendo a comenzar el ciclo.

Es lo que en Psicología se denomina “profecía autocumplida”. Nos pasa o nos ha pasado a casi todos. Nuestros nervios nos traicionan, nos creamos falsas expectativas negativas. Y eso provoca que muchas veces no demos todo lo que podemos, y fallemos. Y la vida nos pone por delante muchos exámenes, también en nuestra vida personal.

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Lo bueno es que, de la misma manera que podemos crear este tipo de “profecías”, también podemos romperlas y acabar con el círculo vicioso que se genera. Ser dueños de nuestros pensamientos, actuar sobre nuestras sensaciones, y por tanto controlar nuestra respuesta más observable es lo que nos va a permitir conseguirlo.

Aquel 26 de Julio visualicé con el mayor detalle que pude la situación de éxito que deseaba, me ví subiendo en la moto, arrancando el motor, circulando por las calles, cumpliendo las instrucciones; me repetí a mí mismo pensamientos racionales y positivos, como que tenía la habilidad y solo debía cumplir las instrucciones para conseguirlo, y que de hecho esa era la única posibilidad; actué sobre mi cuerpo respirando de forma profunda y acompasada, tranquilizándome y aplicando pequeñas técnicas de relajación… ejercí un control adecuado. Y lo conseguí.

Cuando fui a recoger mi permiso, había en la autoescuela una persona a la que no conocía y que, conversando del tema conmigo, me dijo lo siguiente: “El autocontrol lo es todo”.

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