Es 31 de Julio, y me encuentro prácticamente recién llegado de mis vacaciones de Verano. Este año, como el anterior, optamos por unas vacaciones sencillas y económicas, y para ello pasamos diez días entre El Rocío, en Huelva, y Fuenlabrada de los Montes, en Badajoz, y muy cerca de Ciudad Real. Unas vacaciones perfectas.

De vez en cuando, es bueno salir de una ciudad como Madrid. En mi caso particular, he de decir que es algo que necesito. No me refiero al trabajo y las obligaciones. Me refiero a todo. Me refiero a cambiar de aires, a irme a un lugar completamente distinto, más tranquilo, alejado, sin atascos, sin trenes, sin aglomeraciones, sin grandes superficies, sin humos… Me permite descansar, pero también me permite tomar conciencia de lo que sobra y lo que falta a mi alrededor el resto del año.

Una de las reflexiones que me traigo, y no es el primer año que me sucede, es que nos falta una buena dosis de buen humor en la capital (y en general en toda gran ciudad). Y como consecuencia, nos sobra mucha mala leche. Envidio, sana o insanamente, a las personas con las que nos cruzamos en este tipo de viajes.

Como anécdota ilustrativa, os contaré que al llegar a El Rocío, lo primero que hice fue hundir mi coche en la arena en un alarde de “destreza” al volante. Mi primera reacción fue acelerar para salir, con una inevitable consecuencia: clavar más la rueda en el terreno. Mi segunda reacción fue salir de mi asiento y respirar el “agradable” olor a embrague quemado. Y la tercera reacción fue quedarme quieto pensando cómo sacarlo de ahí. Justo cuando iba a llegar la cuarta reacción, y que ni siquiera yo sé cuál iba a ser, pasó en dirección contraria un vehículo del lugar. Sin dudarlo paró, y su dueño me dió algunas indicaciones para sacar el coche. Al ver mi absoluta incapacidad, no dudó en salir de su coche para, él mismo, ayudarme a sacar el mío. El caso es que, una vez fuera, proseguí mi marcha y a los dos metros, quise repetir experiencia. Misma sucesión de reacciones (acelerón, embriagador olor a embrague, y reflexión), y misma consecuencia. Sorprendentemente, otro vecino del lugar, éste desde su casa, lo vio, y no dudó en bajar a ayudarme a sacar el coche. Es más, preguntado por la ubicación del hostal, no tuvo ningún problema en guiarnos con su coche hasta el sitio concreto. El dueño del hostal, al día siguiente, tuvo el detalle de acompañarnos con su vehículo hasta la salida, de modo que no tuviéramos problema para desplazarnos. Se me podrían ocurrir bastantes buenas palabras para estos gestos que me dieron la idea de escribir esto. El caso es que es una cuestión de valores. Cualquiera podría haber pasado de largo, eso es fácil. Cualquiera podría haberse justificado con un “así aprenderá”, o “ya saldrá, descuida”… pero cuando uno tiene en su vida valores como la amabilidad, el altruismo, la empatía, etc… es más fácil ayudar al otro sin pedir nada a cambio, y hacerlo, además, con una sonrisa y la mejor de las intenciones.

Y es que nos falta buen humor en este thriller sobre edificios, atascos, carreteras, humo, prisas, con esa banda sonora de gritos, discusiones, malos modos y esa trama plagada de sobresaltos y disputas que es la gran ciudad.

Sugiero que todos y cada uno de nosotros escribamos un nuevo guión cada día, inspirándonos en estos pueblos que tanto parodiamos y de los que tanto solemos mofarnos, pero que tienen tanto de lo que aprender (Somos nosotros los que necesitamos spa, yoga y técnicas de relajación, no lo olvidemos) Sugiero que escribamos cada día una página de buen humor, que le quitemos hierro a los asuntos que tantísimo nos preocupan, y que le demos a las cosas la importancia que de verdad deben tener. Sugiero que revisemos nuestros valores, lo que realmente es importante para nosotros, y tratemos de fortalecerlos.

Yo, de momento, me quedo con una reflexión que comparto con vosotros para quien la quiera: Nos falta buen humor, y nos sobra mala leche.

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