Hace apenas un par de posts hablé de cómo pienso que deberíamos plantear nuestra idea del éxito y en él atribuía un papel importante a la visualización como medio para tener más clara nuestra personal idea del éxito. Siempre he creído en el poder de la visualización como técnica y como medio para muchas cosas, entre ellas la relajación y la consecución de metas (a mí me ha servido en más de una ocasión, como reflejo en uno de mis primeros posts en el que hablaba sobre el autocontrol)Este post también va en esa línea. Aunque en un primer momento su título pueda sonar sorprendente y rompedor, os aseguro que no he inventado nada nuevo. Tampoco he hecho el descubrimiento del siglo ni mucho menos. Simplemente he dado un nombre distinto a algo que ha existido desde siempre y que otros muchos bautizaron en su momento como consideraron oportuno. Seguro que os suena más el término “Ley de la Atracción”, recogido por Rhonda Byrne en su famoso libro “El Secreto”, y en el que le dio al asunto un tono cercano a lo mágico.

Veréis, hace un año aproximadamente un amigo mío me comentó que vendía su bicicleta y me ofrecí como comprador, porque casualmente me encontraba pensando comprar una. Me comentó que se trataba de un modelo de “Rock Rider”. Hasta el momento mi conocimiento se limitaba a “Orbea”, “BH” y poco más. Y jamás había oído hablar de la que él me ofrecía. Aunque me bastaba con la confianza que tengo con él, acordamos quedar para probarla y que yo pudiera tomar una decisión en firme. Casi me mato aquella tarde, por cierto…

Desde ese mismo día comencé a ver una cantidad significativa de bicicletas “Rock Rider” por la calle. Daba igual la zona de Madrid donde me encontrara, de manera habitual aparecía una. No llegué a cuestionarme si habían empezado a producirlas en masa desde que yo la compré, porque no tenía el más mínimo sentido sentido. Francamente, no me veo con esa capacidad mediática ni pienso que tenga alguna habilidad parapsicológica… Y si así fuera, tal vez debería empezar aplicar dicho “poder” y a concentrarme en todo aquello que desee encontrar en mi camino…

Un momento… ahora que lo pienso, tal vez… tal vez sea eso lo que debería hacer ¿No creéis?

Volviendo a la obra de Rhonda Byrne, y tomándola como referencia, lo que aquel texto dice acerca de la Ley de la Atracción es que “mediante esta poderosa ley, tus pensamientos se convierten en los objetos que hay en tu vida […] Cuando piensas, esos pensamientos son enviados al Universo y atraen magnéticamente todas las cosas semejantes que están en la misma frecuencia”.

Esto tiene su lado positivo y su lado negativo. El problema de la obra de Byrne es que puede resultar frustrante para aquellos lectores que tengan fe ciega en lo que explica y lo sigan a rajatabla. El positivo es que detrás de esa “parafernalia”, y si uno es mínimamente abierto de mente y crítico para quitarle el mágico disfraz al texto, encontramos en él una lección brillante, un conjunto de conceptos muy interesantes y una herramienta poderosa para empezar a conseguir nuestros objetivos y sueños.

Y recalco la palabra “comenzar”. Obviamente, es muy probable que tu y yo estemos de acuerdo en que difícilmente un solo pensamiento, por muy intenso que sea, tenga como consecuencia la materialización de riquezas, fortuna, éxito etc… tal y como predica Byrne.

Sin embargo, considero que es un punto de partida fundamental. Nuestros recursos atencionales son limitados, y por tanto selectivos. Ya sea de manera consciente o inconsciente, guiamos nuestra atención hacia unas cosas u otras. Adicionalmente, ésta se encuentra mediada por otros factores. El estado emocional de la persona, por ejemplo, influye de forma muy poderosa. Por ese mismo motivo, cuando estamos tristes vemos todo gris, y cuando estamos enamorados, la vida parece sonreírnos al mismo tiempo.

Cabe señalar, adicionalmente, la base fisiológica de este fenómeno, y que, según me indicaba José Barroso en alusión al presente post, se encuentra en “el llamado Sistema Reticular Ascendente del cerebro, cuya misión es fijar nuestra atención en lo que es más relevante para nosotros”

De este modo, y liberando de todo elemento místico a la “Ley de la Atracción”, podemos quedarnos con lo esencial, con lo más práctico, y llamarla “Ley de la Atención”. Somos más conscientes de aquellos elementos en los que nos concentramos, a los que dedicamos nuestra atención y, por tanto, para los que estamos más predispuestos a ver. Digamos que entran dentro de nuestro radar, y por tanto, los encontramos con mayor frecuencia en nuestro camino. (Aunque realmente estén de la misma manera para todos los mortales)

Si te concentras en posibles problemas, encontrarás problemas (o verás como un problema aquello que no lo es); si te concentras en la gente positiva, encontrarás gente positiva; si te concentras en aquello a lo que te quieres dedicar, encontrarás oportunidades y recursos que te irán acercando a ello… El optimismo y el pesimismo están muy ligados a este efecto. El optimista y el pesimista ven la vida de una determinada forma, y encuentran a su paso aquello que va en sintonía con sus pensamientos y con sus emociones, lo cual justifica de alguna manera aquello que sienten y piensan, reforzando más si cabe su punto de vista.

Hace poco, mi novia dijo algo así como “el que busca algo, está claro que lo acaba encontrando”. Y no le falta razón, la verdad.

Somos una especie de imán que atrae todo aquello para lo que está preparado o más bien predispuesto.

Así que lo podemos llamar “Efecto Rock Rider”, “Ley de la Atracción”, “Ley de la Atención”, “Teorema de Google” (quién no ha buscado algo que le preocupaba en google y ha acabado encontrando lo que más temía…) o como queráis, pero está ahí, y es una buena forma de ponernos en marcha hacia aquello que queremos, concentrarnos en lo esencial, creer en ello y ponerse manos a la obra. Pero sólo es un comienzo que de nada sirve si a partir del mismo no ponemos en funcionamiento todo nuestro esfuerzo y trabajo para conseguir el resto.

Y bien ¿Qué opinas?, ¿Alguna vez has experimentado la atracción del efecto Rock Rider? coloca el sillín, ponte el casco, toma el manillar y… ¡pedalea hacia tu objetivo!

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