“Nos hacemos inmortales a través de la memoria de quienes más nos quisieron…”

@Jose_Luis_Sordo

Aún recuerdo como si fuera ayer aquel teléfono gris. Recuerdo perfectamente dónde estaba y cómo tenía que estirarme para cogerlo y poder escuchar a mi abuela invitándome a ir con ella a la Fuente del Río donde, según me contaba, veríamos peces de diferentes colores: “azules, rojos, amarillos, verdes…” me decía al otro lado de la línea, a muchos kilómetros de distancia. Los mismos que recorría en verano en tren (aquel Talgo de color rojo, y posteriormente en el azul) para recogernos a mi hermana y a mí y llevarnos de vuelta a pasar el verano con ella. Era mi “abuela del sol”, por cierto (en contraposición a mi “abuela de la nieve”, que vivía en Lebanza, una tierra con un clima más frío al norte de España). Recuerdo (y mi madre mejor todavía) lo mucho que nos cuidó durante aquellos meses, en los que, a base de Colacao y molletes, cogimos unos cuantos -y saludables- kilos de más. También recuerdo cuando iba con ella al mercado. Aunque hace años que no entro, lo recuerdo perfectamente. Recuerdo la fuente que había en uno de los dos patios que tenía en el centro, recuerdo los olores, las tiendas, los sonidos… También tengo muy fresco en la memoria cómo tenía preparado un barreño entero con magdalenas caseras cada vez que íbamos a visitarla. No olvido el detalle con el que hacía esas cestitas de cartón y papeles de colores para que el día de Reyes, sus Majestades de Oriente nos dejaran chucherías en ellas. Y si me lo preguntan ahora mismo sé perfectamente dónde estaba aquel lucero que cambiaba de colores constantemente en el cielo de Cabra. Ese mismo que ella me enseñaba por las noches.

Hace poco asistí a una sesión formativa en la que nos preguntaron por la persona adulta que más impactó (de manera positiva) en nuestra infancia. Decidí rotundamente y con un nudito en la garganta que esa persona había sido mi abuela Consuelo. ¿Por qué? porque desde bien pequeño he vivido de cerca sus valores a través de todas esas muestras de cariño, esa entrega, ese sacrificio o esa generosidad con la que nos obsequiaba. No solamente a mi hermana y a mí, sino al resto de la familia, ya fuera de su propia sangre, o de los miembros que la hicieron crecer con el tiempo. También a sus vecinos y su entorno más cercano.

Por tanto, entiendo que puedo afirmar sin temor a equivocarme, que mi abuela vivía conforme a sus valores y sus principios, sin distinción alguna, algo que fue muy apreciado por todas aquellas personas que el pasado día 23 quisieron acercarse a decirle adios junto al resto de su familia.

Y eso, amig@s, te marca. Te marca en tanto que supone un modelo de valores a seguir. Es como un ADN que pasa de generación en generación y que constituye la herencia más valiosa y bella que una persona puede dejar a las que vendrán. Cuando una persona deja esta existencia, todavía nos queda algo muy grande de ella. Y es nuestra responsabilidad hacerlo brillar, mantenerlo vivo, tomar su relevo y seguir la carrera para entregarlo a los siguientes. Un testimonio de lo grande que fue para nosotros, y lo grandes que nos hizo.

En nuestra mano está tomar ese modelo, asumir esos valores y ponerlos en práctica cada uno de nuestros días.

Haz memoria durante unos minutos, escucha a tu corazón y respóndete a las siguientes cuestiones ¿Quién fue esa persona que te marcó desde la infancia?, ¿Eres hereder@ de sus valores?, ¿Qué hacía para conseguir que te sintieras especial?, ¿Qué puedes hacer para marcar la diferencia como él/ella lo hizo?… ¿Qué vas a hacer para que así sea?, ¿Cómo puedes pasar esa herencia a quienes más amas?

Este post surge, nace, del recuerdo de mi abuela Consuelo, cuyo paso por nuestras vidas siempre seguirá vivo. Por ella.

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