Estos días he conocido, a través de las redes, una nueva iniciativa que ha llamado mi atención, de lo cual tiene buena culpa su título, sin duda: “No queremos ser portada de los lunes al sol”. Más claro, imposible.
Se trata de un blog, una ‘zona de encuentro’ para personas desempleadas (que no paradas) que se niegan a resignarse y profesionales de todo tipo, en la que la colaboración es fundamental y en la que toda aportación puede dar valor al asunto. Lo ha lanzado Ana Carmen Moruga (@Acm36 en Twitter) junto con una serie de personas que han ayudado a impulsar la idea. Tiene su página en Facebook y su cuenta en Twitter y no me cabe la menor duda de que puede tener mucho éxito. Eso sí, queda un largo camino por delante, ya que no ha hecho más que empezar.

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Lo que más me atrae de estas iniciativas y de las acciones que pueden derivar de ellas es la actitud de quienes las hacen realidad. Y no me refiero solamente a quien inicia la idea, sino también a todos los que participan de ella. Actitud, esa es la diferencia. Es la línea que separa a quien se resigna a su nueva situación de quien cree que puede darle la vuelta. Por capacidad y por responsabilidad. Repito, responsabilidad.

De un tiempo a esta parte me he dado cuenta de una cosa: las mayores barreras que nos impiden conseguir objetivos son las que nosotros mismos construimos. “Lo típico que se dice”, podréis pensar. Puede ser, pero tal vez eso mismo, su categoría de tópico, sea lo que respalda con más fuerza esta afirmación.

Son dos las barreras que derriban cada día las personas que han lanzado esta iniciativa: excusas y creencias limitadoras.

Las excusas son, de hecho, muy similares a las creencias limitadoras, con la diferencia de que son creadas por nosotros con un fin: justificar fracasos consumados o anticipar fracasos que prevemos, cubriéndonos las espaldas cuando estos lleguen (parecido a las profecías autocumplidas).

Excusas ponemos muchas. Hay verdaderos artistas en la materia, auténticos orfebres de la excusa. ¿Qué conseguimos con ello? Justificarnos, liberarnos de toda responsabilidad sobre nuestro resultado y echar balones fuera. Pero en ningún caso avanzar, tan sólo tener la conciencia tranquila ‘sabiendo’ que hemos hecho todo lo posible. En el caso que nos ocupa se me ocurren unas pocas, a ver si os suenan:

“Pues es que no me llaman de ningún sitio ¿qué le voy a hacer?” (justificación)
“Es que he echado lo menos 500 currículums pero no me responden, no puedo hacer más” (justificación)
– “Bah, lo enviaré pero es que ahí sólo cogen enchufados…” (anticipación)
– “Paso, no es de lo mío” (justificación)
– “Seguro que hay demasiados candidatos así que va a ser perder el tiempo” (anticipación)

¿Pensáis que quien encuentra fácilmente excusas ha hecho todo lo que estaba en su mano?, ¿Consideráis que quien anticipa su fracaso va a poner los medios, la energía y el entusiasmo suficientes para lograr algo? Las excusas son un lastre.

En un sentido más amplio encontramos multitud de creencias limitadoras (nuestro otro lastre) que no utilizamos explícitamente pero sí consideramos a la hora de actuar y decidir en nuestro día a día. Las podemos haber creado en base a nuestra experiencia más o menos reciente o en base a lo que nos han inculcado desde pequeños, a lo que hemos vivido. En el segundo caso están especialmente arraigadas. Son formas de ver el mundo que, como su nombre indica, nos limitan. En el caso que nos ocupa, se suelen decir cosas como que “no hay trabajo” cuando esto es una creencia totalmente absolutista, o que “la cosa está muy mal” cuando no sabemos siquiera definir lo que es ‘la cosa’. Si decides emprender, el 99% de tu entorno te dirá que “es una locura” y al que tiene empleo le dirán que “tiene que dar gracias por tenerlo” cuando cada día lucha por mantenerlo.

Dicho esto, el punto de partida para cambiar el rumbo y la velocidad de nuestra travesía reposa, en mi opinión, sobre dos pilares: desmontar nuestras creencias y anular nuestras excusas.

DEBERES PARA CASA

Desmonta tus creencias limitadoras:
– Identifícalas, examínalas, piensa cada día un poco acerca de cómo ves el mundo y cuales son las dificultades que se te plantean, los porqués de tus fracasos.
– Repítelas para tí, en voz alta y de manera sencilla y directa, y pregúntate hasta qué punto son ciertas.
– Cuestiónalas, quítate la razón por un momento. Pon en duda, especialmente, las que contengan extremos del tipo todo, nada, siempre, nunca…
Compártelas con otras personas, admite otros puntos de vista.

Anula tus excusas:
– Prohíbete cualquier tipo de excusa y asume toda la responsabilidad.
– Si no consigues algo y encuentras excusas, pregúntate lo siguiente: ¿Qué debería haber hecho y no hice? Por ejemplo, puedes pensar que la culpa de tu retraso fue la huelga de Metro pero sabiéndolo podías haber salido 30 minutos antes y no lo hiciste.
– Si estás convencido/a de no poder lograr algo y crees conocer el motivo, pregúntate lo siguiente: ¿Qué podría hacer para evitar o compensar este obstáculo? Por ejemplo, si para este puesto crees que vas a tener demasiada competencia, ¿cómo podrías llegar a la persona clave antes que los demás?

Hazme caso, todo esto no es ninguna milonga. Las cosas no son nada fáciles así que no te las compliques aún más.

Recuerda, ahí fuera no valen las excusas, y donde tu te pones límites, otros igual de capaces avanzan en libertad. Muévete y deja de pasar más lunes al sol…

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