“La neurociencia demuestra los cambios duraderos que produce el coaching”. Este es el titular de un artículo que leí recientemente en la web de ‘Equipos y Talento’ y que hacía alusión a las jornadas organizadas por ICF España en el mes de Octubre, en las que se habló acerca de los “nuevos conocimientos de otras disciplinas como la neurociencia, la psicología, la sinergología, etc.” aplicados a la práctica del coaching.

La ponente Ann Betz, afirmó durante estas jornadas que “los cambios que se producen tras un proceso de coaching son debidos a la neuroplasticidad del cerebro”. Nuestro cerebro tiene la capacidad de formar y reformar redes neuronales, y a esta capacidad es a la que llamamos neuroplasticidad. Al nacer, y durante nuestros primeros años de vida, el cerebro tiene un determinado número de neuronas que con el tiempo irá menguando, consecuencia del llamado proceso de “podado” neuronal, en el que básicamente se refuerzan determinadas conexiones o circuitos y se desechan otros más “débiles”, y este fortalecimiento lo dará la experiencia, o por decirlo de otro modo, el uso y la intensidad con que se utilice ese circuito. En nuestra infancia este fenómeno es intenso, pero dura toda la vida. “La función hace al órgano”, decía Lamark.

Esta misma semana me llamó la atención el caso de una artista que apareció en un interesante programa de televisión dedicado a la creatividad, y que tras un derrame cerebral, con apenas 30 años de edad, quedó marcada por una serie de importantes secuelas. A partir de ese momento, decidió entrenar su cerebro para recuperarse y volver a caminar, leer y hablar correctamente.

medita2

La acción y la experiencia mantenidas a lo largo del tiempo son, por tanto, claves para el cambio y el desarrollo a cualquier nivel. Y eso nadie lo puede hacer por tí. Tú eres el máximo responsable y protagonista principal del cambio que deseas. Y esto es fundamental en el coaching, que pone en el centro de la acción al coachee o cliente. Le ayuda a clarificar sus objetivos, a identificar sus valores y sus creencias limitadoras y potenciadoras, y  a identificar recursos fuera y dentro de sí mismo/a, y le acompaña en todo el camino, incitándole a la acción y planteando retos en un proceso cuyo ritmo marcará en gran parte  la propia persona. A partir de aquí surgen distintos métodos y métodos, pero la base es la misma, y aunque se puede aplicar a equipos e individuos, es un trabajo muy personal.

Podemos cambiar, y esto es una estupenda noticia que además nos desarma de las manidas excusas del estilo ‘yo es que soy así’ o ‘a estas alturas ya qué voy a cambiar’. Si queremos, podemos hacerlo, y está demostrado científicamente. Y el coaching, en este sentido, es una potente herramienta para conseguirlo que conviene distinguir de la maraña de propuestas puramente oportunistas que aprovechan el tirón de una profesión seria y rigurosa, y que no hacen sino desprestigiarla o, al menos, restarle la importancia que merece.

De este modo, coaching no es una charla de tres horas a un nutrido grupo de personas, por muy motivadora o inspiradora que sea. Un coach tampoco te va a decir qué tienes y cómo tienes que hacer las cosas. No se dedica a decir lo que está bien o lo que está mal, ni a dar consejos morales. Tampoco debería trabajar desde su perspectiva y su biografía tratando de ayudarte a que la repliques en tu vida para solucionar tus problemas. Eso no es coaching.

El cambio estable nace desde dentro, mediante un trabajo continuado y constante, riguroso, y no a través de acciones puntuales y aisladas en el tiempo. Implica acción, interna y/o externa, reflexión, autoconocimiento y voluntad. Y eso, fundamentalmente, nos lo da la experiencia.

Se acerca el cambio de año, y con él los nuevos propósitos y cambios para nuestra vida, de modo que tal vez sea buen momento para tener en cuenta esta buena noticia, ¿no creéis?

Anuncios