Siempre hago las cosas lo mejor que puedo. Os lo aseguro. A veces no es suficiente, me esfuerzo y le pongo voluntad pero simplemente no basta; y otras, sin embargo, sí cumplo con el cometido que me encomendaron o yo mismo me marqué. Pero siempre hago las cosas lo mejor que puedo en cada momento, de verdad.Y no soy exclusivo ni especial por ello. No soy un crack, al menos por este motivo. Porque todos lo hacemos. Realmente todo el mundo hace las cosas lo mejor que puede en cada momento de sus vidas. Aunque suene a excusa o simple disculpa, hay en esa expresión un sentido muy distinto al que a veces se le atribuye.

LA IMPORTANCIA SITUACIONAL

El punto importante es hablar de momentos, situaciones o circunstancias concretas. El ser humano no es 100% estable. Podemos ser predecibles, tener una cierta tendencia en cuanto a nuestra conducta, pero nuestra existencia es bastante fluctuante en el tiempo. No quiere decir que sea malo. Simplemente no somos autómatas o programas que actúen de forma A, B y C. No es una cuestión de inputs o outputs. Nos afectan mil y una variables, y tenemos la capacidad de sobreponernos, de actualizarnos y de mejorar.

De modo que cada vez que hacemos algo, nuestro nivel de desempeño va en línea con una serie de variables, bastante numerosas, que influyen en mayor o menor medida en él. Algunas son más estables en el tiempo. Otras pueden fluctuar, incrementándose a base de estudio y práctica, o decreciendo por la falta de hábito. Y otras, más emocionales o motivacionales, pueden variar en función de muchas circunstancias o situaciones. Y todo esto, varía de una persona a otra. En este punto sí somos únicos y especiales.

Los límites y obstáculos que nos encontramos en el camino pueden parecer externos, pero con mucha frecuencia tienen origen en parte o en su totalidad en nuestro interior, en la manera en que los interpretamos o los afrontamos. La próxima vez que el comportamiento de alguien te saque de tus casillas, piensa que tal vez ese alguien no es tanto el problema como tu interpretación de sus palabras, tu experiencia previa en situaciones similares o tu estado de ánimo en ese momento.

Así que, cuando termines de hacer algo, independientemente del resultado, piensa en voz alta: lo he hecho lo mejor que he podido.

¿Seguro? no tengo la menor duda. Lo has hecho lo mejor que has podido, teniendo en cuenta, entre otras muchas variables, las siguientes:

– El interés y la motivación que te suscita la tarea y el el contexto en el que se desarrolla.

– Tu conocimiento teórico en relación a lo que tenías que hacer, así como la experiencia previa en situaciones o tareas similares.

Tu estado anímico, por los motivos que sean, personales o profesionales.

Tu estado físico, por la falta o no de descanso, horas de sueño, algún constipado, gripe o similar, etc…

El entorno de trabajo, iluminación, ruido, etc…

Las herramientas y medios con que cuentas.

Tu nivel de autoestima o confianza en tí mismo/a.

Tu sistema de valores, que mediarán en gran parte en la mencionada motivación, así como, para bien o para mal, tus creencias.

El conjunto de hábitos que has adquirido a lo largo de la vida.

Nuestra respuesta ante las situaciones que nos plantea la vida está mediada por estas y otras muchas variables que deberemos tener muy en cuenta a la hora de valorar nuestro trabajo. Evidentemente, mi intención no es que justifiques nada ante un comité de dirección o un cliente con un “no me encontraba lo suficientemente motivado” o “me encontraba demasiado cansado” porque seguramente no sea beneficioso ni para tu futuro como empleado o como proveedor de servicios, ni para tu imagen profesional.

LO QUE SÍ PRETENDO

Mi intención es que si esto te convence, en tu fuero interno, le des el peso que merece a todo aquello que haya influido en tu nota final, dejando fuera de la ecuación cualquier pensamiento de culpa o autocrítica. Eso es responsabilidad.

Y mi intención es, en definitiva, que te sacudas de un plumazo ese sentimiento de culpa o de vergüenza que, si bien es signo de que tienes algo de dignidad y de responsabilidad, no es sino un obstáculo en tu camino. Un lastre. Un misil directo a la zona de flotación de tu estima y tu motivación para futuros retos. Así que relájate y suspira. Siente el alivio…

Pero a cambio de ello, mi intención es que después de cada partido, ya en el vestuario, reflexiones seriamente, con el espíritu constructivo y entusiasta de quien va a crear algo grande, de por qué no has jugado como debías o como esperabas. Qué ha fallado, dónde puedes mejorar, qué aspectos debes entrenar y practicar, quién te puede ayudar o servir de ejemplo… y ponte manos a la obra. Puedes automotivarte o buscar a quien te motive, puedes aprender más de la materia, adquirir, incorporar y reforzar hábitos, puedes descansar más y mejor, rodearte de gente que te quiera y te suba el ánimo, etc…

Porque amig@, creeme, lo haces lo mejor que puedes y (aquí viene lo importante) aún puedes hacerlo mejor.

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