Lo confieso, a veces el día a día me supera. Entre llamadas frecuentes, mails constantes, a cada cual más urgente, y tareas de última hora pero que son para ayer al final acabo perdiendo el rumbo.

Cuando llego a ese punto, tengo la costumbre, durante mi jornada laboral, de ‘reunirme conmigo mismo’ en alguna de las salas que forman parte de la oficina donde trabajo. Se trata de ‘retiros’ de apenas diez minutos, y con los cuales pretendo aislarme del ruido y las interrupciones para poner orden a mis tareas del día.

Sobre las mesas de estas salas, tenemos un pequeño recordatorio con las reglas básicas a tener en cuenta para llevar a cabo reuniones efectivas. Ya sabéis, planificar, establecer tiempos para cada tema, presentarse con puntualidad, silenciar móviles, redactar y repartir un acta con las conclusiones, etc… reglas fundamentales que, tenidas en cuenta y llevadas a cabo, deben conducir a hacer de la reunión una tarea productiva. Algo que, por otro lado, no parece ser del todo habitual. Mi experiencia en particular, al menos, no ha sido esa. Reuniones sobre la marcha, invitados que no asisten, tiempos que se duplican, falta de conclusiones… En realidad, nada que no ocurra en casi cualquier compañía, salvo casos excepcionales, claro está.

Y entonces me pregunto, si tenemos las claves concretas ¿Qué es lo que falla?, ¿Qué estamos haciendo mal o simplemente dejando de hacer para no conseguirlo? El problema, simplemente, es que nos centramos precisamente en eso, en lo que hacemos y lo que no hacemos. En conductas.

BUSQUEMOS DETRÁS DE LA CONDUCTA

La realidad es que centramos demasiado nuestros esfuerzos en aprender conductas y recetas concretas para obtener resultados determinados. El ejemplo de las reuniones es uno más, pero podríamos sacar una buena lista. Queremos aprender qué hacer para ser más productivos, para ser más organizados, para resolver conflictos, para ligar los sábados o para hacernos millonarios en un corto espacio de tiempo. Porque eso sí, cortoplacistas somos un rato, y todo lo que no sea un éxito inmediato lo desechamos. Queremos que nos digan qué conductas A, B y C nos llevarán (con total certeza) a obtener D. Y así nos pasa.

Nos centramos demasiado en la técnica y olvidamos por completo trabajar sobre nuestro nivel más profundo, el de nuestros valores, nuestros principios, nuestras creencias, nuestras fortalezas o nuestros miedos. Aquello que va a tener una influencia decisiva a la hora de ejecutar cualquier técnica o conducta que podamos aprender. Destrezas que, por otro lado, pretendemos incorporar a nuestro repertorio sin el paso necesario de trabajarlas como hábitos, pero eso lo podemos hablar otro día.

Stephen Covey distinguía entre la ética del carácter y la ética de la personalidad. En ésta última es en la que se centran la mayor parte de acciones formativas, y es la primera la que lleva a un éxito consolidado y duradero. La ética de la personalidad se centra en la conducta, en la técnica, y sobre ella afirmaba Covey que “centrar la atención en la técnica es como estudiar en el último momento, sólo para el examen”. Un éxito inmediato, sí, pero efímero, caduco.

¿De qué sirve aprender a seducir si en el fondo me considero un fracaso y no me acepto como soy?, ¿qué pretendo lograr aprendiendo cómo comportarme en una entrevista de trabajo si no sé ni lo que quiero y no me conozco en absoluto?, o volviendo al ejemplo inicial, ¿qué consigo aprendiendo a organizar y ejecutar reuniones perfectas si el tiempo de los demás no me importa en absoluto o si no soy capaz de comprometerme ni conmigo mismo? Piénsalo.

El éxito en cualquier ámbito requiere voluntad, tiempo, esfuerzo, compromiso y un trabajo interior muy profundo y duradero (puede que toda la vida) que permita resultados sólidos, estables y significativos. La técnica, en realidad, será muy fácil de aprender. Lo difícil será dominarla y convertirla en hábito. Y para ello, debe estar sostenida por unos buenos cimientos.

Concluyo con una frase de Thoreau que resume muy bien esta idea y que dice que “mil cortes en las hojas del árbol del mal equivalen a uno solo en las raíces”

Bibliografía recomendada:
– “Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva” (S. Covey)

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