No es por presumir, aunque al mismo tiempo sí (qué narices), pero ¡viva la madre que me parió! Así de alto, y así de claro. Viva la madre que me parió. La que me llevó nueve meses en su vientre, que tiene su mérito. La que aguantó mis cabezonerías, la que no escatimaba en detalles para hacerme feliz. La que tantos madrugones se dio para, junto con mi padre, sacarnos adelante a mi hermana y a mí.

Viva la madre que me parió, ¡que sí! La que me llevaba al cole y me traía de vuelta haciendo malabares con los horarios. La que, cuando esto no fue posible, ya se encargó de encontrar a la persona adecuada para ayudarla en la tarea. Y la que por las noches, después de sus horas de curro, estuvo encima de mí para que sacara adelante los deberes (que uno era listo pero perezoso) Esa misma.

Esa que se preocupó por mí cada vez que me pasaba algo, o buscaba el valor y la fuerza para protegerme cuando lo creía necesario, aunque a veces no fuera necesario (de verdad) Pero por si acaso, no vaya a ser que…

Esa que cada año se encargaba de prepararme la mejor fiesta de cumpleaños. Esa que sigue manteniendo la costumbre, porque al fin y al cabo, para una madre, su niño siempre será su niño, tenga 10, 20 o 40. La misma que, rozando como estoy rozando los 34, me sigue mirando con recelo las arrugas de las camisas, que su niño vaya bien a la oficina. No lo pueden evitar.

Viva la madre que me parió, y que después de parirme se llevó sus alegrías y sus disgustos viéndome crecer ¡Cuánto sufren las madres por sus hijos! y cuánto callan muchas veces, cuánto ocultan tras una sonrisa a veces fingida, aunque sólo sea por no preocuparnos. Viva y viva la madre que me parió.

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Porque, con permiso de mi padre que también ha estado allí, sin ella yo no sería quien hoy soy. Por eso me gusta lo que soy, cómo soy. Porque yo no soy ni guapo ni feo, ni alto ni bajo, ni listo ni tonto. Soy yo, soy quien soy, gracias a quienes han estado a mi lado. Gracias a la madre que me parió. Porque le debo mi vida, que no es poco. Ni más, ni menos.

Y viva la madre que parió a mi madre, porque gracias a ella también estoy aquí hoy. Porque ella hizo de mi madre quien es, tan buena gente, tan detallista… Por eso, por eso mismo, viva la madre que te parió, mamá.

Y vivan el resto de madres, ¡claro que sí! Las de los buenos y los malos, los héroes y los villanos. Las de mis amigos y mis enemigos. Las de mis compañeros de trabajo o de metro mañanero. Las que caminan por la mañana con la hora justa. Mis amigas madres, también, ¡por supuesto! Y las que vendrán (ya me entendéis) Y viva la madre que te parió a tí, que estás leyendo. Porque gracias a ellas, a su valor y a su entrega, a su arrojo, a su comprensión, a su paciencia… somos lo que somos. No lo olvidemos, por favor.

Pero hoy, sobre todo, viva la madre que me parió.

¡Te quiero, mamá!

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