Antes que nada, te aviso: tenemos un problema. Bueno, miento, más bien tenemos muchos problemas, pero no te quería asustar. La realidad es esa, y toca asumirlo, y cuanto antes lo hagamos, mejor que mejor. Y es que a veces parece que no salimos de una cuando estamos metidos en otra, o que “salimos de Malaga para entrar en Malagón“, y que la vida está hecha de eso, de problemas. Y nos preguntamos cuándo terminará, y si tendremos un minuto de paz. Parece que vivimos en una clase de matemáticas (de esas que tanto odiaba en el cole, el instituto y allá donde me las enseñaran), todo el día resolviendo problemas. Pero igual es lo que toca ¿no?La vida no es un laboratorio con situaciones aisladas, riesgos controlados y un entorno siempre favorable. La vida es cruda, nadie (salvo que me demuestren lo contrario) la ha diseñado para nosotros. Nos ha tocado vivirla tal y como es, nos guste o no, y le pongamos los parches que queramos. Las piedras, me dijeron hace poco, siempre van a estar ahí.

Y en realidad, los problemas no lo son hasta que llegas tu y les pones el sello que los certifica como tal. Hasta entonces, son circunstancias, hechos, situaciones, personas, elementos sin carga positiva o negativa. Y pasan a ser un problema cuando llegan a tu vida. El problema, como tal, es una valoración que haces de lo que te va pasando. No te gusta, interfiere con tu vida, tus valores, tus metas, tu salud, etc… y entonces es cuando decides que tienes un problema.

Así que te propongo un trato que me parece justo: tú creas el problema, tú lo afrontas. Nada de echarle el marrón a otro ¿te parece? Si para tí es un problema, te tocará hacerte cargo. Y no me lo tengas en cuenta, es una cuestión de responsabilidad que, además, no tienes obligación de asumir o aceptar. Sólo te lo propongo.

Te voy a proponer, además del trato, un enfoque para que empieces a trabajarlo. Espero que te sirva. Lo tomé prestado a Stephen Covey, de su archiconocida (y siempre recomendable) obra “Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva”

Covey proponía un enfoque altamente proactivo, en el que todos nuestros problemas pueden pasar de nuestro círculo de preocupación a nuestro círculo de influencia, en el que siempre tenemos capacidad de acción sobre nuestros problemas, independientemente de en qué grado esté en nuestra mano dar con una solución. Y dentro de este enfoque, el autor diferencia tres grandes tipos de problema: de control directo, de control indirecto, y problemas de control inexistente.

Los problemas de control directo se resuelven actuando directamente sobre el problema. Te guste o no, te resulte más o menos desagradable, tienes las competencias, habilidades y medios reales o potenciales a tu alcance. Pregúntate ¿Qué puedo hacer para dar con la solución? Actúa. Lo demás son excusas.

La solución a los de control indirecto no depende sólo de tí, pero sabes que eso no te va a servir para escaquearte (sí, lo sabes) ¿Quién puede ayudarme a solucionarlo? debe ser la primera pregunta que te hagas sobre este tipo de situaciones. Se trata de encontrar el punto de apoyo para hacer palanca. A partir de ahí, te tocará poner en marcha tus artes de seducción (no se me malinterprete) para tratar de influir positivamente en aquellas personas, grupos, entidades… que puedan aportar la solución directa. Habitualmente manejamos dos, tres, a lo sumo cuatro formas de influencia. Covey, al hablar de este punto, afirma haber determinado hasta 30 formas diferentes de influencia social ¿imaginas el margen de mejora en este campo? Aprende e influye.

Y por último, sí, hay situaciones, problemas, circunstancias… sobre los que no existe ningún tipo de control. Ni tu, ni yo, ni nadie. Ni cualquier deidad que nos queramos inventar. Te hablo de los malditos lunes, los cielos encapotados que tanto nos amargan, o el estado de locura transitoria por el que pasan algunas personas que se cruzan en nuestro camino ¿Podemos hacer algo sobre ellos, directa o indirectamente? no ¿Podemos hacer algo? sabes la respuesta… sí. Podemos afrontarlo de una manera diferente. Podemos actuar, está en nuestra mano, o en nuestra mente más bien. Entran en juego nuestra resiliencia, nuestro optimismo, nuestra capacidad para analizar y relativizar situaciones, nuestra propia autogestión emocional… Hay multitud de recursos internos, estrategias, competencias personales que puedes desarrollar y poner en práctica para adaptarte mentalmente a la situación, aceptarla, asimilarla y seguir adelante. Puede sonar a conformismo, pero también puede sonar a flexibilidad, adaptación, supervivencia, salud mental… es una cuestión de inteligencia emocional.

De modo que ante cualquier tipo de problema, está en tu mano actuar desde tu zona de influencia, y hacerlo es actuar de forma proactiva. Y ser proactivo… es el primer paso para liderar tu vida. Y ¿acaso no es lo que anhelamos (casi) todos? piénsalo, vale la pena.

 

 

 

 

 

 

 

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