A veces imagino, y trato de ponerme en su piel, a un viajero del tiempo que llega del pasado a conocer nuestro mundo. Un mundo lleno de oportunidades, avanzado tecnológicamente, un mundo impresionante. No haría falta remontarse muchos años atrás y de hecho, me valdrían los magníficos años 80. Lo imagino y llego a ver el mundo a través de sus ojos, y a sentir su asombro y su fascinación al interactuar con él, al experimentarlo, al caminar un día cualquiera de cualquier mes del año 2015, ese que aún suena a ciencia ficción. Y entonces me pregunto…¿Cuánto tiempo tardaría en volverse completamente loco?, ¿O al menos, en empezar a verse desbordado? Vivimos un momento histórico con cientos de oportunidades diarias esperándonos, disponemos de medios que antes sólo estaban al alcance de unos pocos privilegiados y que nos permiten expresar y compartir nuestro talento con mucha mayor facilidad, tenemos la mayor fuente de conocimientos a nuestra disposición y estamos más conectados que nunca. Vivimos, de hecho, en un mundo hiperconectado.

Y francamente, puede que el traje nos quede grande. Puede que nos estemos tratando de adaptar a la carrera a este mundo que avanza a pasos agigantados y que en ocasiones nos supera, cuando lo ideal sería que este nuevo mundo estuviera hecho a nuestras necesidades. Puede que estemos perdiendo el norte, que nos estemos pasando de revoluciones y que, cualquier día, el motor acabe reventando.

Cada día nos exponemos a todo un torrente informativo de datos, cifras y noticias mayor al que podemos procesar de manera mínimamente efectiva. A cada minuto nuestros sentidos están a tope, recibiendo estímulos y demandas de atención. No terminamos esto cuando estamos con aquello y enseguida nos ponemos con lo otro. Las decisiones son cada vez menos binarias y elegir se hace más complejo, llevamos nuestra mirada y nuestra atención del ordenador al teléfono y de éste a la televisión, pero sin perder de vista a aquellos. Estamos en contínua actualización de nuestro estado para los demás y queremos saber en qué anda metido el resto. Cambiamos las voces por whatsapps y las sonrisas por emoticonos. Queremos saber qué ocurre en el mundo a cada minuto y dejamos en manos de ‘San Google’ la explicación a nuestros males pasados, presentes y esperados. La fascinación ha dado paso a la necesidad, y en el fondo, nos hemos hecho más intolerables a la incertidumbre. Navegamos sin rumbo definido y por pura rutina en lo que llaman ‘la red’, y en este punto me doy cuenta de que una red sirve principalmente para atrapar algo ¡Qué apropiado! Y así nos pasamos la travesía, en medio del tifón y achicando agua de la embarcación, hasta que nuestra mente termina exhausta. Y lo peor es que somos nosotros quienes nos hemos expuesto. Con el tiempo llega el estrés, la fatiga mental, el desánimo, los olvidos tontos, o la falta de creatividad y de frescura. En un mundo hiperconectado, acabamos saturados, infoxicados. Acabamos pagando tratamientos, momentos y experiencias que perfectamente podemos crear.

¿Qué te parece si nos ponemos a plan? Vamos a ponernos una dieta depurativa, a bajar esos cuantos bits de más, a limpiar nuestras ‘arterias cognitivas’. La gente lo hace con sus cuerpos, se quitan kilos, cuidan su figura, controlan su colesterol, se apuntan a rigurosas (y no tan rigurosas) operaciones bikini ¿Por qué no hacerlo con nuestras mentes?, ¿Por qué no evitar el consumo de información basura?, ¿Por qué no dejar a nuestros sentidos y nuestra atención un tiempo de descanso?

Lo llaman ‘dieta hipoinformativa’. Como bien indica Tim Ferris, de quien tomo el concepto, “casi toda la información consume tu tiempo, es negativa, irrelevante de cara a tus objetivos, y está fuera de tu radio de influencia”. No se trata, por tanto, de aislarse del mundo. Al contrario, te invito a vivir, a existir, a levantar la vista del móvil o del ordenador. Es una cuestión de atención selectiva, o como el propio Ferris indica, ‘ignorancia selectiva’.

Se trata de una dieta baja en información, precisamente la que nos sobra o no aporta nada a nuestra vida y nuestras metas. Liberémonos de aquello que nos sobra, simplifiquemos y disfrutemos de lo que tenemos delante, y no en la pantalla del ordenador o del teléfono móvil. Olvidemos los e-mails, las urgencias y los estados en Facebook. Vaciemos y despejemos la mente, vamos a relajarnos y a disfrutar del verano, de tu tiempo, de la vida, de los momentos que llegan y de los que podemos crear. Vamos a liberarnos del exceso, y a centrar nuestros recursos en lo esencial, lo que suma a nuestros objetivos, aspiraciones, sueños y proyectos. Dediquemos tiempo a no hacer nada, a renovarnos por dentro y por fuera, a querer, a fluir, a vivir a través de los sentidos ¿Cuánto fue la última vez que fuimos realmente conscientes de ellos? Vamos a darnos el permiso, al menos, de probar un par de semanas. Cuesta, cuesta mucho, porque así nos hemos acostumbrado. Pero vale la pena hacer de ello un hábito. Probemos el verdadero sentido de la palabra desconexión. Se trata de nuestra salud, nuestras relaciones, nuestro bienestar y nuestra experiencia vital ¿Acaso hay una razón mejor?

Disfruta del verano, de tu tiempo, de tus inolvidables, irrepetibles y personales momentos.

 

 

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