Cualquier día nos puede pasar. Vas por la autopista y te encuentras un kamikaze, sales a tomar algo y, al doblar la esquina, coincides con un loco armado, o simplemente vas paseando y se te cae un árbol encima. Estás en el momento y el lugar. Tan fácil como hacer zapping y poner las noticias. Lo vemos cada día, no me invento nada.La vida es demasiado importante como para tomarla en serio. El tiempo corre que vuela, y el reloj de arena cada vez es una metáfora más perfecta de cómo a muchos se les va entre los dedos. Y no, de manera intencionada no me incluyo entre esos muchos. No, yo no, me niego. Porque desde hace relativamente poco he decidido que voy a tomar una actitud más proactiva en todos los sentidos. En mis decisiones, en mis emociones, en los cristales que me pongo para ver la vida. En definitiva, en la actitud que tomo hacia ella.

Y no es cuestión de tomársela a cachondeo, para nada. Vendrán malos tiempos, vendrán tragos amargos. Hay un libro cuyo título me parece brillante: “la felicidad es lo que pasa entre putada y putada”. Más claro agua. Pues eso, que siempre hay que presupuestar alguna que otra mala racha. Que no hay sombra sin luz, ni frío sin calor, etc.

A la hora de afrontar la vida, empieza a ser fundamental y necesaria una habilidad: relativizar. Relativizar casi todo lo que nos ocurre. Y sí, subrayo el casi todo porque hay cosas que no se deben relativizar. Cosas que tienen una importancia y una magnitud casi universal y que se aprobaría por mayoría absoluta. Jamás relativizaré una pérdida humana, jamás relativizaré una catástrofe natural, etc. Y, cerrando el círculo, son cosas que para mí constituyen un motivo para relativizar el resto.

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Imagen tomada de http://www.soymimarca.com

Y es que de Lunes a Domingo parece que cada día tiene un ‘algo’ que nos incomoda y nos hace sentir desafortunados, en el mejor de los casos, o que convierte nuestra existencia en una maldita pesadilla en circunstancias cada vez más habituales. Vale que nuestra mente está diseñada para la supervivencia. Vale que vivimos en tiempos de Windows 10 con un primitivo MS-DOS funcionando en nuestra cabeza. Vale que nuestro cerebro emocional es muy puñetero y tan pronto nos hace pasar por momentos maravillosos como nos lleva al mismísimo infierno, al menos de manera muy subjetiva. Pero debemos desarrollar la suficiente capacidad como para saber qué relativizar y cómo hacerlo. Y más que capacidad, actitud.

Tenemos que recuperar la alegría de vivir. La sonrisa de cada día. Ser capaces de levantarnos un lunes a las seis de la mañana y pensar en lo bueno que está por llegar. O al menos no pecar de Nostradamus de pacotilla, vaticinando un futuro negro o incierto en el corto plazo. Que no todo son penas, y que las penas que tenemos, a veces, no son tan significativas. Que tu jefe no es el león que atacaba a nuestros antepasados y los hería de muerte, aunque genere una respuesta muy parecida en tu cuerpo. Eso eran otros tiempos. Aquello eran zarpazos que terminaban con todo. Los leones de ahora van con traje y corbata, y Hoy, como mucho, son contratiempos, turbulencias temporales de las que podemos salir, a veces incluso reforzados. Lo llaman resiliencia, creo. Que una disputa con tu pareja no va a alejarte para siempre de ella porque, afortunadamente, tienes en tu mano la posibilidad de enmendar las relaciones. Que ese fallo tonto que has tenido en la oficina no va a cambiar el curso de la historia. A veces, las cosas se arreglan casi solas sin que tengamos que intervenir.

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No quiero para nada alentar a nadie a ser absolutos irresponsables. Al contrario, creo en la absoluta responsabilidad de todos y cada uno sobre nuestras emociones y nuestra felicidad. Y por ello creo que es un signo de madurez y un salto cualitativo importante en nuestra calidad de vida el ser capaces de dar a cada cosa su justa importancia.

Cualquier día nos puede pasar. No me lo estoy inventando. Y por eso te pregunto ¿Vale la pena dejar pasar el tiempo sin una sonrisa, sin disfrutar de la alegría de vivir? pues entonces alegra esa cara, será que no es para tanto.

 

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