Me voy a sincerar. O mejor dicho, voy a hacer un ejercicio de autocrítica lo más justo e imparcial posible. Porque a veces es bueno darnos un tirón de orejas, o una collejita. Algo que te sirva de impulso, de aliento. Algo que nos valga para no dormirnos en los laureles. Como un punto de inflexión, si se me permite, para hacer honor a este blog. Me encanta escribir. Pienso que se me da bien, y considero que tengo ideas aceptables. Razono cada cosa que sucede en mi vida o a mi alrededor, hasta el punto de sacar, en la mayor parte de los casos, un aprendizaje útil, práctico. Creo que es un buen hábito, y tal vez uno de los pocos que, realmente, he logrado mantener.

Sin embargo, arrastro la sensación de no haber crecido personalmente todo lo que podía haber hecho. Puede que sea una de esas personas que no aplican para sí los consejos que alegremente comparten con el resto. No lo hago a propósito. No es cuestión de mala fe. Hablo de constancia y no soy capaz de escribir con regularidad; de romper y afrontar miedos mientras yo sigo bloqueado por los míos; de salir de nuestra ‘zona de confort’ y hacerlo tímidamente… Y francamente pienso que, sin ese ejemplo honesto, sincero y real, cualquier contribución que pretenda hacer al mundo sólo queda en pólvora mojada. Me dejo a mí mismo a medio camino, haciendo autoestop y sin un coche que se pare a recogerme.

Tal vez no he pillado del todo la idea, puede que no quiera asumir el coste, o que me de vértigo asomar el pie al acantilado, sacarlo de la famosa ‘zona de confort’. O quizá me aterra que la arena a la que hay que saltar raspe demasiado. O tal vez sea simple confianza en que llegará ese día, y voy postergando, postergando…

Asumiré que el cambio no es humo. Que el desarrollo personal no es un camino de rosas, no es soñar y ver cómo se materializa. Que duele. Que escuece. Que te remueve las entrañas, te pone en tensión y tambalea tus cimientos. Que hay que darse las hostias que haga falta. Lo asumo. Pero lo asumo porque seguro que asumiéndolo, dándome el baño de realidad que siempre supe que debía darme, daré el primer paso y empezaré realmente a actuar, a mover ficha, a avanzar.

De modo que hasta aquí la teoría, hasta aquí las lecturas y escrituras como únicos recursos. Porque en ellas no termina el camino, en ellas comienza. Ahora me toca pegarme conmigo mismo. Apoyarme en quien haga falta, enfrentarme a lo que tenga que enfrentarme, ponerme de los nervios, pasar vergüenza, enfadarme, alegrarme, pasar por la euforia, la decepción, la tristeza o la paz. Pero pasar por ello, a través de ello, y no leerlo de lejos.

Esta es, en definitiva, la conclusión de mis más recientes quebraderos de cabeza. Y espero que este ejercicio de sincera autocrítica no se me caiga encima. Que, al contrario, me pegue el empujón que necesito. Esto es, en definitiva, lo que quería decir. Y a partir de aquí, empezar a caminar…

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