Esta mañana, de camino a la oficina, escuchaba un programa de radio cómo preguntaban a un grupo de alumnos de primaria acerca de qué es la Constitución Española. Las respuestas, no hace falta que os lo diga, eran de lo más divertidas, como casi todo cuando te lo cuenta un niño.Pero hubo una respuesta que, sin duda, me llamó la atención. Uno de los niños, hablando de los derechos y obligaciones que contiene la Constitución, lo relacionaba con su realidad cotidiana para afirmar algo así como que “los niños cuando van a los cursos más altos, tienen menos tiempo para jugar, y tienen que hacer más deberes”

¿En qué momento aprendemos que crecer significa dejar de jugar?, ¿en qué momento nos enseñan que toca dejar de imaginar y fantasear para empezar a ser personas adultas y responsables?, ¿por qué ese empeño en cortarnos las alas cuando más alto volamos?

Creatividad, innovación o nuevas tendencias como la gamificación se muestran ante nuestros ojos como temas muy atractivos, competencias de alto valor en un mundo adulto que, con el pasar de los años, ha perdido cualquier vestigio del niño que una vez llevamos dentro. Nos quitamos los vaqueros y las camisetas, nos limpiamos el barro y nos pusimos, orgullosos, el traje y la corbata. Empezamos a hablar de números y razón, y perdimos de vista la emoción y los sueños. Y hoy, desde nuestro mundo gris y opaco, añoramos y buscamos desesperadamente a ese niño que dejamos atrás, sin que hubiera necesidad.

Yo siempre he soñado. Lo sigo y lo seguiré haciendo. De vez en cuando llevo la ‘S’ en mi pecho, veo dibujos animados y sueño despierto. Imagino y creo (del verbo crear), en mis ratos libres. Y en los no tan libres, sigo creando. Sigo jugando y seguiré haciéndolo, porque nunca, jamás, llegué a dejar al niño que siempre fui. Y hoy me siento especialmente orgulloso de esa parte infantil que, como adulto, forma parte de mi talante creativo. Ese con el que pienso ayudar a mi pequeña a crecer sin abandonar a la niña que hoy es.

 

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