Hoy, dicen, es el ‘blue monday’, el día más triste del año. Ahí es nada. El día… más triste… del año. Así que prepárate.El término se atribuye a Cliff Arnall, profesor en el Centre for Lifelong Learning, adjunto a la Universidad de Cardiff y quien elaboró una fórmula de la que se dedujo que el tercer lunes de cada año es el día más triste del mismo. Y tan anchos. Los detalles, si te interesan, los tienes en la wikipedia (maravilloso invento que, por cierto, cumplió 15 años recientemente)

La cuestión es que, de nuevo, el Lunes vuelve a ser el gran señalado. El trofeo a ‘día más triste’ le ha tocado un año más (y van 11 desde que existe), y se lo ha ganado ya en Enero, con todo un año por delante y sin que participen el resto de aspirantes. Eso duele.

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Y qué quieres que te diga, yo me opongo radicalmente al ‘blue monday’. Primero por falta de rigor (si investigas un poco te darás cuenta de lo irrisorio de los criterios) En segundo lugar, porque tu, para mí, eres único. Y esto sólo hace una cosa: presuponer que tu, como el resto, hoy vas a tener un lunes tristísimo. Y tercero, qué narices, porque me empieza a dar pena el Lunes. Empatizo con él. Le compadezco. Creo que necesita un abogado y yo quiero ser ese abogado.

Porque la culpa no es del Lunes, no. La culpa es tuya, y es mía. El Lunes, como mucho muchísimo, es un cabeza de turco que paga los platos rotos. Paga por nuestra falta de agallas para elegir el camino que, de corazón y sin mirar, seguiríamos ahora mismo. Paga por nuestra incompetencia para disfrutar de la vida independientemente de estados de ánimo ajenos o actividades que desempeñemos. Paga por nuestro miedo a arriesgar. Paga para que nosotros tengamos la conciencia tranquila y nos conformemos sabiendo que, al fin y al cabo, es lo que toca y le pasa a todo el mundo. Paga, precisamente, porque hemos aprendido que lo que es es, y que somos todos iguales, cortados por un patrón del que no podemos salirnos. Porque si no, el Lunes tendría un papel más agradecido en nuestras vidas. Él no pidió estar donde está. Y tampoco pide ser el día estrella. No estoy de acuerdo ni con arrastrarme para empezar la semana, ni con saltar sobre la arena de la playa con un atardecer de fondo sólo para celebrarlo. Estoy de acuerdo con darme la oportunidad de ser tan feliz un Lunes como un Jueves o un Sábado si se tercia. Estoy de acuerdo con no malgastar 48 días (69.120 minutos, por si eso te sirve más) al año amargándome

No señor, no. La culpa no es de los Lunes. Porque ¿estarías hoy donde estás y haciendo lo que haces si tuvieras elección?, ¿y quién te dice que no la tienes? otra cosa son los costes que debas asumir, claro, pero eso es otra historia. Aquí y ahora lo que toca es ser consciente. Consciente de dónde reside el poder o la capacidad para que los Lunes no sean tan Lunes. Consciente de qué hicimos y qué dejamos de hacer, qué priorizamos y qué no, a la hora de dar forma a esta escultura que hoy es nuestra vida. Y ser conscientes de qué está en nuestra mano para que los lunes dejen de tener el tan dudoso honor de ostentar semejante título. Y en definitiva, hacernos cargo de nuestro bienestar, por mucho que nos duela asumir que, en realidad, la culpa no la tienen los Lunes.

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