Me agobia la vida. Pero no me malinterpretéis. No es vivir lo que me angustia, sino el modo en que entendemos la vida, la manera en que nos han enseñado a vivir, desde bien pequeños. Me agobia la vida de los andenes, siempre al límite, rodeado de una enorme multitud que corre para coger su tren como si fuera el último. Me agobian los empujones, las jugadas sucias para entrar antes, la guerra por el asiento libre, las prisas, la desesperación. El abismo en que convertimos los minutos.

Me angustia el desafío a las leyes del espacio-tiempo de quien necesita algo “para ayer”, y los reproches por no conseguir lo imposible. Me angustian las interminables reuniones para dar vueltas en redondo sin ir a ninguna parte, los rondos en el cesped de los despachos pasándonos la bola hasta que a alguien se le caiga al suelo, el gusto por la solución inmediata como única opción factible y la poca tolerancia al error ajeno.

Me desesperan los juegos malabares. Sí, me desesperan. Me desespera mantener en movimiento cincuenta bolas sin que ninguna se caiga sólo por contentar a todos los espectadores de mi particular circo. Me desespera querer agradarlos a todos.

Y me resulta desesperante la monotonía. Levantarme por la mañana sabiendo como va a ser mi día es hacerme el spoiler más cruel que uno pueda imaginar. Es quitar emoción a la vida. Tomar el mismo tren, ver a la misma gente, ir al mismo sitio. Escuchar al mismo acordeonista de tu estación de destino mientras te diriges entre la multitud hacia las escaleras automáticas es como ser una de las ratas a quien encandilaba el flautista de Hamelin.

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En definitiva no es la vida lo que me agobia. Es el estilo que acepté. El que muchos asumimos como cierto, seguro y ‘normal’. Resignación, lo podríamos llamar. Y el que lo hace diferente está zumbado. Vivimos demasiado deprisa y nos perdemos los detalles más emocionantes de la peli de nuestras vidas. Queremos ir a toda prisa, no perder ni un minuto (no sea que tengamos que esperar cuatro más…), llegar antes, terminar rápido… Levantarse un lunes pidiendo a gritos el viernes es como estar metiendo tres días de tu semana en la bolsa de la basura.

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Nos sobra velocidad y nos falta consciencia. Nos venimos arriba repitiendo que “la felicidad está en el camino, no en el destino”, y al mismo tiempo ni lo demostramos, ni nos lo creemos. Estamos poco o nada entrenados en el arte de vivir despacio, a cámara lenta. En ‘slowmo’, que dirían ahí fuera. No entendemos el valor que encierra y lo vemos como una pérdida de tiempo, como un signo de vagancia. Cuando lo hacemos, parece que nos falta algo, nos cuesta frenarnos, pero vale la pena detenerse, o aminorar la marcha y sentir el aquí y el ahora, que al fin y al cabo son el único lugar, y el único momento. Ser más espirituales y menos materiales. Salir a pescar la vida sin redes, resistir a la tentación de inmortalizarlo todo, y aplicar sólo los filtros de nuestros sentidos, y no sólo los cinco que nos enseñaron en la escuela. Relajar la mente, bajar de revoluciones, vaciarla durante unos minutos. Descansar. Porque a veces no hacer nada es lograr mucho.

A veces, en mitad del bullicio del andén, me detengo y miro a mi alrededor. Y es curiosa la sensación de ver el huracán que me rodea mientras yo camino lento, tranquilo, sosegado. A cámara lenta y en HD. Como las impresionantes repeticiones de los mejores goles de Champions, o del majestuoso vuelo del águila imperial. Como realmente se captan los detalles y se disfruta del momento.

Sólo falta proponérselo, cuestionar el estilo de vida aprendido y formar, cada día, despacio y con paso firme, a cámara superlenta… un nuevo hábito.

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